¿Quién vigila nuestras calles?

Dra. en Arq. Yolanda Fernández Martínez

Las calles de la ciudad son el mejor laboratorio urbano para comprender las formas de vida de sus habitantes. Son el lugar en donde las relaciones sociales y barriales pueden fomentarse o de plano, fracturarse. Estas rupturas se pueden dar porque las condiciones urbanas no permiten que la gente se encuentre y use la calle, o porque la misma gente ha decidido propiciar la fractura entre su estilo de vida y el resto de la ciudad. Cualquiera que sea el caso, no deja de ser preocupante, porque al final, todos pagaremos la factura del costo social de fomentar calles vacías.

Desde la década de los sesentas y a partir del auge del estilo de vida norteamericano, caracterizado por la fascinación por los suburbios y el predominante uso del automóvil, aparece en escena una figura femenina que revolucionó la forma de ver a la ciudad. Fue Jane Jacobs que 1961 y con su obra La muerte y vida de las grandes ciudades norteamericanas, dejó de manifiesto los grandes errores de aquellas propuestas urbanísticas en cuestión de calidad de vida y de humanización del espacio público.

Desde un principio básico de “los ojos en la calle”, Jacobs realiza una crítica profunda sobre los suburbios de uso exclusivamente habitacional y encerrados en sí mismos. Al carecer de actividades y servicios de proximidad, como la panadería, la carnicería, la tortillería, la iglesia, el parque comunitario y/o la escuela, se pierden los lazos barriales. Además de que estos usos de pequeña escala siempre tienen ojos en la calle. Hay alguien que observa lo que sucede en el exterior.

Sin embargo, los desarrollos habitaciones cerrados, en propiedad en régimen de condominio, conocidos como “las privadas”, representan una condición de estatus que ofrece exclusividad, privacidad y seguridad. ¿Quién excluye a quién?. Y precisamente este nivel de estatus se manifiesta directamente en el valor de los predios, pues determina el tipo de usos que pueden formar parte de estos entornos. Es decir, la panadería o la carnicería no tendrían cabida alguna entre estas exclusivas privadas.

Parece ser, que lo que pudiera ser aceptable tener junto a una privada, es precisamente otra privada de igual o mayor estatus. Y así se va armando el rompecabezas de una de las zonas más exclusivas de Mérida: Altabrisa. Finalmente la gente está en su total derecho de decidir cómo y en dónde vivir. Así también hay que considerar que desde la Ley de Desarrollos Inmobiliarios y la de Propiedad en Régimen en Condominio, estos desarrollos habitacionales están debidamente fundamentados, sin embargo es importante analizar qué tipo de calles están fomentando en sus entornos.

La propuesta de Jacobs ha tenido gran aceptación a nivel mundial y a través del tiempo, al grado de haber consolidado un movimiento orientado a que los ciudadanos exploren sus ciudades y conecten sus barrios a partir del fomento de actividades que conviertan a la calle en lugares vibrantes y atractivos, garantizando el desarrollo comercial y cultural, pero sobre todo el fortalecimiento de la dimensión pública de la calle.

A lo largo de las principales vialidades de Altabrisa, se pueden observar los altos muros de las privadas, autos que circulan a alta velocidad, así como transeúntes y ciclistas que se desplazan en el anonimato. ¿Cuál es el costo social de tener calles amuralladas y sólo para los vehículos?. Para poder imaginar la dimensión de lo que implica tener el contacto visual entre la vivienda y la calle, pondremos de ejemplo al Paseo de Montejo, el cual a principios del siglo pasado tenía el mismo espíritu que Altabrisa: albergar vivienda para las altas clases sociales en la zona norte de la ciudad. Imaginemos que cada una de las maravillosas edificaciones de la época del Porfiriato, las Casas Gemelas, el Palacio G. Cantón y todas las demás, hubieran incorporado altas bardas de 2 a 3 metros, con alambres de púas y totalmente ciegas, para distanciarse de lo que ocurre a lo largo del Paseo. Para empezar, hubiera perdido su condición de “paseo”, y por otro lado, a pesar de ser una de nuestras más bellas herencias urbanísticas por sus anchas banquetas doblemente arboladas, y su secuencia de monumentos, sería una calle delimitada por muros y totalmente deshumanizada.

Por consiguiente, la idea de constituir barrios activos, sin importar la condición social, está relacionada con la forma en que la comunidad usa sus calles. Y sí por el contrario, la tendencia es fomentar calles entre muros, tendremos que centrarnos en la premisa central de Jacobs: ¿Quién observa lo que sucede en la calle, independientemente del estatus socioeconómico de la zona?.

Ha pasado más de medio siglo de la visión humanista de Jacobs sobre las propuestas “modernas” de los suburbios, y lo cierto es que la respuesta genuina para tener ojos en la calle y peatones seguros, la teníamos mucho antes que ella. Basta regresar a nuestro origen, a nuestros ejemplos urbanos y arquitectónicos de los cuales nos sentimos todos orgullosos.

Para concluir me permito sugerir la siguiente pregunta: ¿Dónde preferiría Usted realizar una caminata: a lo largo del Paseo de Montejo o a lo largo de calles con muros altos y ciegos?. La respuesta no debe provenir de especializados estudios o de costosos diagnósticos interminables, simplemente emerge de nuestra condición natural como seres humanos de sentirnos seguros y a gusto en el espacio público, lo cual a su vez se convierte en inspiración de escenarios urbanos competitivos y de beneficio social para todos.